domingo, 21 de julio de 2013

El despiste colectivo

No recuerdo cuándo dejé de escribir. Quizás fuese primavera. Sí, recuerdo el sentimiento cálido de las palabras y su vibrar en mis dedos. Tal vez fuese ayer. Tal vez dejé pasar las años desde entonces sin darme cuenta.

Olvidé las ganas, se congeló el sentimiento. Te escribía a ti, escribía a otras y, en ocasiones, me envalentonaba y le escribía a la nada. A veces con amor, a veces con arrogancia y a veces con odio y rabia. Pero me despisté y ya no te escribo a ti, ni tampoco a otras. Ahora ya, simplemente, no escribo nada.

Me despistaron las responsabilidades que por un momento se me antojaron eternas. Me despistó la corbata con su prefijo "don" ante mi nombre. Y yo inconsciente. Olvidé las zapatillas gastadas y los pantalones raídos, los puños cerrados, el argumento en el cielo y las ideas efervescentes. ¿En qué puto momento me despisté?

Me despisté igual que muchos otros. Igual que se despista el que sube volumen para ensordecer sus oídos y así obviar el grito de la ciudad. Igual que quiere despistar el cabrón desalmado a la puta camuflada que se deja despistar. O como los que, buscando consuelo, se crean Dioses a los que rezar, esos sería en clase de ciencias donde se pudieron despistar.

Está también el que ni lee el periódico, ni ve el telediario para, orgullosamente, ni sentirse despistado ni saber lo que ocurre en el sucio país en el que está. Sumando, el despiste va a más. Políticos que, a consciencia, despistan al pueblo y empresarios que, a base de triquiñuelas, se llenan los bolsillos cada vez más, mientras los muy cabrones se despistan mirando hacia otro lugar.

Y la justicia, yo me pregunto ¿dónde queda? Porque me parece despistada, sorda, muda, jodida y ciega.

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